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3. EL SANTO NOMBRE DE JESUS

En la meditación anterior vimos que lo que determina la originalidad de la Sagrada Familia y de cualquier familia santa, es Jesús, su presencia, su nombre. Ahora queremos detenernos en el "Santísimo Nombre de Jesús", como hace la Iglesia al final del tiempo de Navidad -sobre todo a partir del siglo XIV, con la institución de esa fiesta litúrgica querida por Clemente VII y promovida con gran vigor apostólico por san Bernardino-.


Jesús de Nazaret

En Nazaret el Hijo de Dios se llama Jesús. Deseado durante siglos, en Nazaret resonó por primera vez el Nombre de Jesús. Resonó en los labios puros de María y en los labios hermosos de José. Y fue pronunciado por mandato divino: a María primero -algo parecidoi a lo que le había sucedido a Isabel con Juan el Bautista- le dice el ángel: "le darás a luz y le pondrás por nombre Jesús" (Lc 1,30). Y después a José, en sueños, otro ángel le anuncia: "tu mujer dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús" (Mt 1,21). Todo sucede por inspiración divina, "por obra del Espíritu Santo" (Lc 1,35 y Mt 1,20), no por voluntad del hombre. Jesús es el nombre humano que el Padre quiso para el Hijo. Jesús es el nombre divino que todo corazón cristiano reconoce como Señor.


Nomen Omen

En las culturas antiguas, el nombre expresa la identidad. Piensa en el nombre de Jesús. Un nombre muy dulce y al mismo tiempo muy incómodo, porque indica, prefigura, lleva en sí mismo una misión dolorosísima. Es el nombre de Aquel que será nuestro Redentor. Se llama Jesús porque -explica Simeón a su Madre- "está aquí para ruina y resurrección de muchos en Israel", como "signo de contradicción" (Lc 2,34), y porque -le dice el Ángel a José- "salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1,21). Porque Jesús significa "Dios salva", y decir Jesús es decir "Salvador".



Verdaderamente, el nombre de Jesús habla de su identidad como Dios con nosotros, e indica su misión entre nosotros. De ahí la importancia simbólica y el extraordinario poder del signo IHS (abreviatura griega de Iesous) que la tradición cristiana imprime en hostias, muros de iglesias, objetos litúrgicos y tumbas cristianas. Evidentemente, no se trata de un poder mágico, sino del poder de la fe: porque el de Dios no es un poder anónimo, sino personal, y lleva un nombre preciso, el Nombre de Jesús, "el nombre que está por encima de todo nombre" (Flp 2,9), el nombre ante el que "se dobla toda rodilla en los cielos y en la tierra" (Flp 2,10). Ya lo decían las profecías y los salmos: "los pueblos temerán el nombre del Señor, y todos los reyes de la tierra tu gloria" (Sal 101,16). Y San Pedro lo dijo, con conmovedora solemnidad, en la primera homilía cristiana, el día de Pentecostés: "no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos" (Hch 4, 12).


¡Alabar el nombre del Señor!

Alabar el nombre del Señor es la forma más sintética para hablar de la oración cristiana. Así se expresa la alabanza en la Sagrada Escritura: "Alabad, siervos del Señor, alabad el nombre del Señor. Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre" (Sal 112,1). La oración puede adoptar muchas formas, pero es sobre todo, alabanza y bendición, adoración y acción de gracias dirigidas a Jesús, en cuyo Nombre Dios ha encerrado y distribuido todos sus tesoros de gracia.


Como lo expresa la oración, así es la fe: el cristiano cree precisamente en el Nombre de Jesús (1 Jn 3,23), y en virtud de su Nombre, encuentra la remisión de los pecados (1 Jn 2,12); en su Nombre encuentra la vida (Jn 20,31) y lleva su Nombre en la frente (Ap 22,4); sólo en su Nombre ofrece sacrificios agradables a Dios (Hb 13,15), y todas sus obras las realiza en el Nombre del Señor (Rm 1,5 y Col 3,37). También es así para el Apóstol: dedica su vida al Nombre de Jesús (Hch 15,26), proclama el Nombre de Jesús y en Su Nombre enseña con autoridad y valentía, hasta el punto de decir que se alegra de ser ultrajado por el Nombre del Señor (Hch 5,41); en Su Nombre realiza prodigios (Hch 8,12) y en Su Nombre sabe que puede pedir y obtener cualquier cosa (Jn 16,23.24).


En Nazaret podemos aprender al menos estas tres cosas:

1. A familiarizarnos con el Nombre de Jesús: pronunciarlo con afecto y dulzura, nombrarlo con frecuencia para permanecer en su presencia, mantener viva la relación con Él, actuar en su nombre y por Él, invocarlo con confianza en los momentos de prueba;


2. A reconocer el poder redentor del Nombre de Jesús: sólo pronunciar su santo nombre es poner un dique al mal, debilitar la fuerza de una tentación, ponerse del lado de Dios, obtener la victoria sobre el enemigo. Es bien sabido que los mismos nombres de Jesús y de María tienen un poder exorcizante: ¡el demonio no puede con ellos!


3. Alabar el Nombre que está por encima de todo nombre: llamar al Señor por su nombre es reconocer y al mismo tiempo acercar su majestad, es entrar más rápidamente en la oración, en la confianza con Él, en la apertura del corazón a la acción de la gracia.

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