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Nunca se cansa de amarnos - Brandon Figueroa, sdb


Oímos con frecuencia que Don Bosco acostumbraba a repetir a sus jóvenes: “Confiad en María Auxiliadora y veréis lo que son milagros”. Puede ser que esta frase esté un poco gastada y pierda su fuerza original. Quizá sea lo que me estaba sucediendo a mí. Pero ella misma me ha recordado lo cercana que me es.

El amor a María se traduce inmediatamente en un amor pleno por Jesús. El cristiano auténtico es mariano y viceversa. El fin no es Ella, es Cristo, su Hijo. ¡Que humildad! Sin embargo, todavía hoy, nos muestra, como ha mostrado a Don Bosco y a muchos otros, que su amor por Jesús se traduce en amor por nosotros. Intercede continuamente por sus hijos. Les mira con amor, los escucha con paciencia y los ayuda en los momentos de peligro. No por casualidad Don Bosco subrayaba con sus muchachos la invocación a la “Auxiliadora” y en una oración se afirma con seguridad que es “terrible como un ejército en orden de batalla”. ¡Cuánto amor, traducido en fuerza y protección! Y por desgracia, en nosotros puede anidar un amor superficial. Pero a pesar de todo nos ama plenamente, porque ama a Jesús. Jesús la ama plenamente porque nos ama a nosotros. Alguno podría pensar que amar demasiado a María va en menoscabo del amor a Jesús… ¡Y es todo lo contrario! La amamos porque Jesús la ama y ¿quién puede amar más que Jesús?


En los días pasados he tenido la experiencia de este gran amor de María por sus hijos. En el CEDES Don Bosco en Costa Rica, es costumbre llevar a los jóvenes a hacer un retiro anual, fuera del Instituto, como es costumbre en cada una de nuestras casas. El viernes pasado, 12 de mayo, hacíamos el viaje con un grupo de muchachos de la escuela y hemos tenido un accidente: el autobús no ha logrado detenerse en una bajada y para evitar daños posteriores, el conductor ha decidido arrimarse al borde de la carretera, volcándose el autobús. Cuando dentro del autobús nos hemos dado cuenta de que el conductor no lograba frenar, me ha venido a la mente solo un apalabra: “¡María Auxiliadora!” y he pensado en cada una de los niños que estaban dentro. Como pude me agarré a un tubo delante de asiento y el resto sobrevino en pocos segundos. Estaba aprisionado por un asiento, con un tubo en la cabeza, el pulgar dislocado y un ligero corte en el brazo y pensé en los muchachos. Me incorporé inmediatamente y comprobé que los maestros cercanos a mi puesto estaban bien. Se han incorporado y todos hemos comenzado a preguntar si todos estaban bien. Y lo estaban. Todos los estudiantes se han incorporado, se ayudaban mutuamente y apartaban los trozos de cristales rotos.


Inmediatamente unos obreros que se encontraban cerca nos han ayudado y hemos comenzado a salir por el techo del autobús. Luego ha comenzado el ir y venir de las ambulancias, policía e interrogatorios. Ningún golpe fuerte, ninguna rotura, todos estaban bien, con pequeños golpes y llantos, pero bien.

En medio de la preocupación por asistir a los más afectados he inspeccionado el autobús: estaba allí, volcado. ¿Cómo había quedado de ese modo? Y luego he visto a los niños: unos cuarenta, sin nada serio por lo que preocuparse… ¿Cómo habíamos hecho para salir vivos de allí? Solo pude reprimir las lágrimas y decir en lo profundo del corazón: “¡Gracias, ¡María, has tenido cuidado de nosotros!” Nos ocupamos de lo más necesario; fuimos al hospital y hemos esperado hasta que todos los estudiantes volvieron a casa. Los demás, acompañados por los profesores llegaron al instituto y asistidos según lo necesitaban, volvieron a casa. Fue una jornada pesada y desconcertante.


En casa con algún vendaje y medicinas, fui a la capilla y comencé a llorar. Pensaba en todas las cosas que nos podían haber sucedido y en que aquel viaje podría haberse transformado en una gran tragedia. La conclusión a la que siempre llegaba, sopesado todo, era: ¡un milagro! Estamos todos bien, ha sido un milagro de la Virgen. He visto mis heridas y he comprobado los signos del amor de Dios y del amor de María. Cada cicatriz, de ahora en adelante, me recordará ese hermoso día en el que nuestra madre celestial nos ha protegido y rogado a Dios nos diera otra posibilidad. La pregunta y el reto ahora es: ¿Por qué nos ha dado otra posibilidad? La respuesta corresponde a cada uno de los que hacíamos aquel viaje.


Considerando el contexto de este accidente, no hay duda de que todo sucedió en una atmósfera netamente mariana. En el mes de mayo, en la vigilia de la celebración del centenario de las apariciones de la Virgen de Fátima, casi al principio de la Novena de María Auxiliadora. Toda nos llevaba a pensar: ¡María es nuestro auxilio! Así, el lunes sucesivo con todos los estudiantes, he rezado el Avemaría con una devoción que raramente tenía antes: he visto los rostros de quienes estaban en aquel autobús y he pedido a María continúe guiándonos en la vida y ayudarles a entender que Jesús les ama infinitamente.


Brandon Figueroa, sdb




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