Rosario 19 de mayo de 2026
- 11 may
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En mayo de 1884, Don Bosco escribía en una carta desde Roma: “Predica a todos, grandes y pequeños, que se acuerden siempre de que son hijos de María Santísima Auxiliadora. Que ella misma los ha reunido aquí para alejarlos de los peligros del mundo, para que se amen como hermanos y para que den gloria a Dios y a ella con su buena conducta. Que es la Virgen quien les provee el pan y los medios para estudiar con infinitas gracias y prodigios”.
También nosotros hoy, en este mes de mayo dedicado a la Auxiliadora, queremos unirnos en oración y dirigirnos a Ella invocando las gracias potentes de las que Don Bosco escribía, en particular la paz para todos los jóvenes que sufren en las zonas de guerra y la paz interior para quienes llevan la guerra dentro cada día.
Que María nos enseñe que “Quien se sabe amado, ama; y quien es amado lo obtiene todo”
O Dios, ven en mi ayuda…
Primer misterio de dolor, contemplamos la agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos.
Entonces Jesús fue con ellos a una finca llamada Getsemaní, y dijo a los discípulos: "Sentaos aquí, mientras voy allá a orar". Y, tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Les dijo: "Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo".
Jesús entra en Getsemaní con el corazón pesado, como cuando nosotros también nos sentimos abrumados por las decisiones que debemos tomar. Siente miedo, soledad, incertidumbre: emociones que conocemos bien. Sin embargo, no escapa, no se cierra: se queda, ora, habla con el Padre. En ese momento nos enseña que la paz no llega evitando los problemas, sino atravesándolos con confianza. Getsemaní es el lugar donde aprendemos a decir “hágase tu voluntad” sin perdernos a nosotros mismos.
Oremos: Señor, da paz a nuestros pensamientos y acompáñanos en las decisiones que nos hacen crecer y madurar. María, Madre de la confianza, quédate a nuestro lado cuando el corazón tiemble.
Padre Nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Alabado sea siempre el Santísimo nombre de Jesús, José y María.
Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia. Y envíanos santos sacerdotes, santas religiosas, santas familias y santos amigos.
¡María, Auxilio de los Cristianos, ruega por nosotros!
Segundo misterio de dolor, contemplamos la flagelación de Jesús.
«Entonces Pilato tomó a Jesús y mandó azotarlo. Y los soldados, trenzando una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y lo vistieron con un manto de púrpura; luego, se acercaban a él y le decían: "¡Salve, rey de los judíos!". Y le daban bofetadas».
Jesús es golpeado y herido, víctima de una violencia injusta y cruel. Cuántas veces también nosotros experimentamos palabras que duelen, juicios apresurados, exclusiones que dejan huellas profundas. Jesús no responde con ira, sino que transforma el dolor en ofrenda, en amor que resiste. Nos muestra que nadie nos quita la dignidad, ni siquiera quien nos hiere. Y nos invita a convertirnos en jóvenes capaces de interrumpir la cadena del mal.
Oremos: Señor, sana las heridas de los jóvenes y de todos nosotros, haznos instrumentos de paz en nuestras escuelas, familias y grupos. María, Madre de la ternura, venda tú nuestras heridas y enséñanos a no herir a los demás.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria...
Tercer misterio de dolor, contemplamos la coronación de espinas.
«Entonces los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte. Desnudándolo, le pusieron un manto escarlata y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, con una caña en su mano derecha; luego, mientras se arrodillaban ante él, se burlaban de él diciendo: "¡Salve, rey de los judíos!"».
Jesús es escarnecido, humillado, reducido a una caricatura de rey, pero no pierde su identidad: sabe quién es, sabe para Quién vive, sabe cuál es su misión. Nosotros también a veces nos sentimos juzgados, etiquetados, puestos en cajas que no nos pertenecen. La vocación nace precisamente aquí: en reconocer nuestra verdad más profunda, aquella que nadie puede deformar. Jesús nos invita a no dejarnos definir por las miradas de los demás, sino por la mirada de Dios.
Oremos: Señor, ayúdanos a descubrir nuestra vocación y a caminar con libertad hacia aquello que estamos llamados a ser. María, Madre de la vocación, ayúdanos a entender quiénes somos y para quién vivir.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria...
Cuarto misterio de dolor, contemplamos la subida de Jesús al Calvario.
«Entonces obligaron a uno que pasaba, un tal Simón de Cirene que venía del campo, padre de Alejandro y de Rufo, a llevar la cruz. Condujeron a Jesús al lugar del Gólgota, que significa lugar de la calavera».
La cruz es pesada, y Jesús no se hace el héroe: acepta la ayuda de Simón de Cirene. Es un gesto sencillo pero revolucionario: incluso Dios hecho hombre necesita de los demás. Cuántas veces, en cambio, fingimos que siempre podemos solos, por miedo a parecer débiles. La vida cristiana es un camino compartido, donde se aprende a sostenerse y a dejarse sostener. La comunidad se convierte así en el lugar del discernimiento, donde las cruces no aplastan sino que unen.
Oremos: Señor, haznos jóvenes, hombres y mujeres capaces de pedir y ofrecer ayuda, construyendo comunidades que sostengan y orienten. María, Madre del camino, enséñanos a caminar juntos y a no dejar a nadie atrás.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria...
Quinto misterio de dolor: contemplamos la crucifixión y muerte de Jesús.
«Cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, allí lo crucificaron a él y a los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen"... Era hacia el mediodía, cuando el sol se eclipsó y se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del templo se rasgó por medio. Jesús, clamando con voz fuerte, dijo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Dicho esto, expiró».
En la cruz Jesús lo da todo, hasta el último suspiro: es el amor llevado al máximo. No es una derrota, sino el momento en que la vida se abre a la vida nueva. También nosotros estamos llamados a tomar decisiones que cuestan, que exigen valentía, que nos hacen crecer. Las grandes decisiones –estudio, trabajo, afectos, vocación– nacen de un corazón que sabe donarse. La cruz nos enseña que el amor verdadero construye paz, futuro y esperanza.
Oremos: Señor, guía nuestras decisiones importantes y haz de nuestra vida un don para quienes encontramos. María, Madre del Amor, acompáñanos en las decisiones que forjan nuestro futuro.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria...
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María!



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