ÁNGEL DE DIOS. LA ASISTENCIA SOLÍCITA DE LA PROVIDENCIA.
- Adma Don Bosco
- 25 abr
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-"Ángel de Dios, que eres mi custodio"
¿Quién, al recitar esta oración, no vuelve a sentirse niño, recordando el paisaje imaginativo de cuando era niño? Sin embargo, la oración del Ángel de Dios no es un juego de niños, listo para ser desechado en cuanto pase la adolescencia. La oración muestra inmediatamente a quién nos dirigimos: es un ángel, es decir, un ser puramente espiritual, desprovisto de cuerpo material y, por tanto, inmortal, dotado de aguda inteligencia y firme voluntad. Por tanto, no hay que confundir al ángel de la guarda con el alma de un difunto, como a veces se cree erróneamente.
Y es un ángel bueno, un ángel de Dios, su siervo fidelísimo, a quien Dios ha confiado una misión de gran responsabilidad: la protección de nuestras almas, para conducirlas a la salvación. De su fidelidad podemos estar seguros: no está sujeto al cambio ni al envejecimiento, y sus actos de voluntad están libres de segundas intenciones. ¡Qué confianza debe depositar Dios en nuestro ángel custodio, si le ha confiado lo más precioso que ha creado: un alma inmortal, para ser conducida a la salvación! "Todo creyente tiene a su lado un ángel como protector y pastor, para conducirlo a la vida", escribió San Basilio el Grande: es conmovedor tomar conciencia de ello, porque nos muestra hasta qué punto la Providencia divina se hace cargo de cada uno de nosotros, confiándonos a la custodia singular de una criatura angélica. Casi como si nuestro Ángel bueno, como un hermano mayor, esperara desde la eternidad nuestra aparición en el mundo, para ejercer su misión de guía y protector. San Francisco de Sales escribió sobre los ángeles custodios: "Desde el primer instante de nuestro nacimiento, ellos cuidan de nosotros; habiéndonos amado tanto la divina bondad desde la eternidad, ordenó que cada uno de nosotros tuviera un ángel bueno que nos custodiara en nuestra peregrinación terrena. Con qué amor cumplen esta tarea, qué dulzura ejercen con los niños pequeños!".
Este querido ángel, asignado a mi custodia, es siempre mi compañero y, al mismo tiempo, está siempre ante Dios y contempla incesantemente su Rostro: "Sus ángeles en el cielo ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos" (Mt 18,10). Nuestro ángel de la guarda, en cierto sentido, actúa como intermediario entre Dios y nosotros: habita con Dios, pero sin alejarse de nosotros ni perdernos de vista.
-"Ilumíname, guárdame, guíame y gobiérname".
Tras la invocación inicial, la oración introduce una serie de súplicas dirigidas a nuestro ángel de la guarda: "ilumíname, guárdame, gobiérname y gobiérname". Éstas son las principales tareas que nuestro ángel bueno realiza por nosotros. En primer lugar, instruye nuestra inteligencia ("ilumina") inspirándonos buenos pensamientos. Es prudente invocar al ángel de la guarda antes de empezar a rezar, pero también al emprender otras actividades, o cuando hay que tomar decisiones importantes en situaciones complejas.

Nuestro Ángel, pues, nos protege de los peligros del alma y del cuerpo ("guárdame"). Ésta es su especialidad: alejar de nosotros posibles peligros (dentro de los límites permitidos por el Señor), o advertirnos de las situaciones de riesgo. De ahí la buena costumbre de invocar al ángel de la guarda antes de emprender un viaje o conducir un automóvil, manejar herramientas o abordar viajes peligrosas. Quien sabe que tiene a su lado esta presencia angélica, nunca puede sentirse completamente solo. En una espléndida carta de dirección espiritual, san Pío de Pietrelcina recomendaba: "Tened gran devoción a este ángel bienhechor. Qué consolador es pensar que está cerca de nosotros un espíritu que, desde la cuna hasta la tumba, no nos abandona ni un instante, ni siquiera cuando nos atrevemos a pecar. Y este espíritu celestial nos guía, nos protege como un amigo, un hermano. Nunca digas que estás solo en la lucha contra nuestros enemigos; nunca digas que no tienes un alma a la que puedas abrirte y confiar. Sería un grave agravio a este mensajero celestial" (Epistolario III, pp. 82-83).
La labor del ángel de la guarda no se detiene ahí. En circunstancias concretas, nos inspira indicaciones a seguir ("guíame") y, si es necesario, sabe corregirnos. Al hacerlo, ciertamente no neutraliza nuestro libre albedrío, que de ningún modo se cuestiona. Su acción es más bien la de un consejero fiable, capaz de sugerir discretamente el mejor camino, según la voluntad de Dios.
Nuestro querido Ángel presenta entonces nuestras oraciones a Dios y no se cansa de interceder por nosotros. La última súplica, "gobiérname", debe entenderse en este sentido. Don Bosco, en particular, recuerda la asistencia que el Ángel de la guarda reserva a su protegido cuando llega el momento de la muerte: "Así como el cuidado que nuestro Ángel tiene de nosotros en vida no tiende a otra cosa que a procurarnos una muerte preciosa, así también, cuanto más ve acercarse esa hora, tanto más redobla su vigilancia para conseguirla. Se esfuerza por preparar a tiempo a su alma amada para ese gran paso" (El Divino Ángel de la Guarda, VIII).
La tutela angélica nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida, especialmente en los momentos más decisivos. Entre ellos, creo que los Ángeles custodios reservan un cuidado especial a la Primera Comunión de su hijo predilecto: un día bendito, que marca la biografía espiritual de un niño, alimentando su tierna alma precisamente con el Pan de los Ángeles, como se llama a la Eucaristía. ¡Qué honor y qué tarea para el ángel de ese niño! Ciertamente, redoblará sus esfuerzos para que ese niño, convertido en adulto, permanezca fiel a la fe profesada.
-"Puesto que a ti me ha confiado la bondad divina"
La conclusión de la oración presiona suavemente a nuestro Ángel, recordándole que su tarea para con nosotros le fue confiada por la Bondad divina. Nótese la exquisita delicadeza de no nombrar directamente a Dios, aludiendo a Él con el atributo que más manifiesta su misericordia: la bondad. A la luz de estas consideraciones, no es de extrañar que grandes santos hayan sido fervientes devotos de su ángel de la guarda, algunos incluso tuvieron el privilegio de mantener una relación familiar con él. Santa Gemma Galgani, por ejemplo, mantenía una especial confianza con su propio Ángel, pudiendo incluso verlo y conversar con él a menudo, pero también recibiendo sus enérgicos reproches por sus pequeñas faltas ocultas, o por confesiones mal hechas.
De San Francisco de Sales, un testigo cuenta que, cuando se disponía a predicar, solía volver la mirada hacia su auditorio para saludar a los ángeles de la guarda de sus oyentes, rogándoles que preparasen los corazones de sus protegidos para recibir la palabra de la predicación. Añadió que había logrado un éxito considerable recurriendo a esta práctica. San Pío de Pietrelcina, en la carta ya citada, añadía un sabio consejo, en el que se hace eco de su experiencia personal: "Por piedad, no olvidéis a este compañero invisible, siempre presente, siempre dispuesto a escucharnos, más aún a consolarnos. ¡Oh deliciosa intimidad, oh dichosa compañía, si supiéramos comprenderla! Tenlo siempre ante los ojos de tu mente, recuerda a menudo la presencia de este ángel, agradécele, ruégale, tenlo siempre como buena compañía. Ábrete y confíale tus penas; teme continuamente ofender la pureza de su mirada. Conócelo y fíjalo bien en tu mente. Es tan delicado, tan sensible. Dirígete a él en las horas de suprema angustia y experimentarás sus benéficos efectos" (Epistolario III, p. 83).
A la luz de todo esto, merece verdaderamente la pena retomar la oración del Ángel de Dios y hacerlo con la sencillez de un niño combinada con la fe fortalecida de la madurez.
P. Marco Panero, SDB



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